Hideyoshi

De Mártires del siglo XX
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Hideyoshi y los mártires de Japón.

Conclusiones de Jonathan López, cuya tesis puede consultarse desde la página de Bibliografía.

Nobunaga no sentía predilección por el cristianismo ni odio hacia el budismo, era un pragmático que utilizaba lo que le convenía para conseguir sus objetivos. En 1580 en el asedio al castillo de Takatsuki mostró sus dudas sobre las intenciones de los misioneros y amenazó a los Takayama con eliminar el cristianismo. Pero el problema se resolvió y siguió ayudando a los misioneros. p. 654:

Defendemos aquí que si Nobunaga no llegó a prohibir y perseguir a esta religión fue sencillamente porque murió antes de haber llegado a conquistar Kyūshū, donde los jesuitas tenían un gran poder político que habría resultado intolerable para un proyecto tan centralizador como el suyo. En la zona central del país, la que él tenía bajo su control, el cristianismo no fue nunca tan influyente como para suponer un problema, mientras que allí sí lo era la actividad de algunos grupos budistas, y de ahí la radicalmente diferente actitud de este daimyō para con unos y otros.

Los comerciantes portugueses se vieron beneficiados por el bloqueo chino al comercio japonés impuesto solo nueve años después de la llegada lusa al Japón y por la coincidencia de la gran demanda de plata japonesa en china y de seda china en Japón. También les beneficiaba la guerra entre daimyō en Japón y el interés de estos por el comercio y las armas de fuego. Pero los portugueses en esto eran expectadores: no controlaban esos factores.

Intromisiones políticas de los jesuitas, a veces a petición de daimyō:

-1566: Suministraron armas a Ōmura Sumitada, o cuando este mismo señor recibió ayuda militar por parte de cuatro barcos portugueses.

-1567-68: Ōtomo Sōrin pidió ayuda militar al obispo Carneiro.

-(Iniciativa jesuita) Valignano favoreció a Arima Harunobu regalándole víveres y arcabuces por valor de nada menos que 600 ducados, o cuando poco después no quiso bautizar a este mismo daimyō hasta estar seguro de que saldría vencedor de la contienda en la que estaba inmerso.

-1580: Asedio al castillo de Takasuki (petición de Oda Nobunaga).

-1586 (iniciativa jesuita) Gaspar Coelho ofreció a Hideyoshi primero la colaboración de varios señores cristianos para su campaña sobre Kyūshū, y después incluso ayuda militar portuguesa desde India para su proyecto de conquista de China.

A cambio los jesuitas pretendían favorecer la misión con permisos para predicar o construir iglesias o escuelas, la conversión de algún daimyō y sus súbditos, la destrucción de templos y santuarios. p. 656:

Hemos visto además que los propios jesuitas eran perfectamente conscientes de que la mayoría de estos nuevos conversos que habían entrado en el cristianismo bien por intereses económicos –los daimyō–, bien por obligación –sus súbditos–, no eran en realidad verdaderos cristianos que hubiesen abrazado la religión por motivos de fe. Pese a ello, no parecía importarles más que por el hecho de que admitían que, si después de convertidos, no podían ser atendidos adecuadamente –principalmente por falta de personal–, su adhesión al cristianismo podía ser pasajera, terminando en cuanto desapareciesen los intereses o la obligación que les había hecho convertirse en primer lugar. Mientras fuesen cristianos, sin embargo, sus conversiones eran debidamente contabilizadas, resultando en enormes cifras que se enviaban a Roma y se difundían por Europa, donde la misión jesuita japonesa se vendía como un rotundo éxito. Por otro lado, y de la misma forma, los jesuitas eran como mínimo conocedores de las destrucciones sistemáticas de templos, santuarios e ídolos religiosos japoneses tras la conversión de un señor regional, y no hicieron nada por evitarlas –aquellas de las que no fueron directamente instigadores–, más allá de intentar que se llevasen a cabo de forma disimulada, en secreto y poco a poco, para no escandalizar a los gentiles, como hemos visto admitir al propio Valignano en una carta de 1580.

Por tanto las críticas de Hideyoshi en 1587 eran fundadas.

La adaptación (accommodatio) de los jesuitas no era relativismo, ya aplicaron Javier y Vaignano "prácticamente obligados ante la peculiaridad del contexto japonés", no por convicción, ya que los jesuitas aplicaron otras tácticas "inflexibles" en otros contextos donde los europeos tenían el control militar y la población local no era tan civilizada (Javier escribía el 5-11-1549: «la mejor que hasta agora está descubierta», en 1979, p. 354). Y tampoco se adaptaron tanto, p. 658:

No sólo eso, la propia adaptación aplicada en Japón no fue en realidad tan flexible como suele darse a entender en estas obras que comentábamos antes –sí lo fue para los estándares de su época, cierto, pero no tanto como suele decirse–, pues en realidad se circunscribía únicamente a aspectos de la vida diaria o las costumbres japonesas, y cuando se refería a temas relacionados con la religión se aplicaba sólo de forma muy superficial, permaneciendo siempre inmutable e incuestionados los aspectos centrales de la doctrina. Autores como Rubiés o Paramore han incidido muy acertadamente en estos límites de la flexibilidad de Valignano, que no sólo era una medida temporal 1142, sino que además no era utilizada para resolver algunos problemas que se respondían enfatizando la autoridad y la ortodoxia doctrinal, y no explicaciones racionales 1143.

(11142 Rubiés 2005, p. 239; 1143 pARAMORE, 2008, 256-257).

Solo se preocuparon de la educación de los hijos de las élites, pensando en beneficios futuros, además evitando (por orden de Valignano) mencionar al cristianismo no católico (p. 659) "para mantener así la ilusión de una religión completamente unificada", así se hizo en la Embajada Tenshō. Rara vez fueron altruistas, como fue en el caso del hospital inaugurado por Luís de Almeida (con su patrimonio y recién ingresado en la orden) en Funai, que se abandonó cuando las élites locales protestaban porque los conversos eran pobres agradecidos a las atenciones médicas.

La historiografía jesuitica ha idealizado a Valignano, convirtiéndole en un humanista. "Fue ante todo un gran político y un gran pragmático, y que solo fue superado en estos aspectos precisamente por (660) aquellos con los que tuvo que -digamos- negociar, es decir, con Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi" que tenían la ventaja de gobernar. Muchas decisiones del Taikō "se han atribuido tradicionalmente a su personalidad explosiva, caprichosa y megalómana, e incluso a ataques de locura o a una senilidad sobrevenida. Pero ya hemos podido comprobar aquí que este relato se debe en gran parte a la pervivencia de la imagen que sobre él crearon los cronistas jesuitas de la época, dependiendo de las relaciones que tuviesen con él en el momento en el que escribían –algo que, además, ya habían hecho antes con Oda Nobunaga": la condena de su sobrino y heredero, la de su maestro de té, el proyecto de conquista de China, el castigo impuesto a Corea, el edicto de 1587 y la muerte de los mártires de Nagasaki. p. 661:

si analizamos cada uno de estos casos prescindiendo de los otros e intentando ver qué motivos pragmáticos podía haber detrás de decisiones que a nosotros –desde nuestro momento y lugar– nos pueden parecer extrañas, es fácil ver que en realidad había una lógica detrás de ellos y que, de hecho, no eran tampoco decisiones desacostumbradas dentro de su contexto. Es más, la razón de muchas de estas decisiones está también detrás de muchas otras que suelen citarse como genialidades que llevaron a Hideyoshi a conseguir gestas nunca vistas, como llegar a ser la persona más poderosa de Japón pese a haber nacido en una familia campesina.

Tras hacerse con el clan Oda, fue tan favorable como lo había sido Nobunaga hacia el cristianismo, concediendo a la misión jesuitica entre 1583 y 1587 favores puntuales que le costaban muy poco, como permitirles (662) edificar una iglesia en Osaka, o la mera promesa de convertir China en un país cristiano tras su conquista, a cambio de ayuda militar portuguesa:

Aunque en realidad se trató por tanto de pequeños gestos, el hecho de que no se opusiera a la evangelización y que, además, siguiese combatiendo a algunos grupos rebeldes organizados en torno a monasterios budistas –por exactamente los mismos motivos por los que lo había hecho antes Nobunaga–, llevó a los jesuitas a creer que la eventual conquista de todo Japón por parte de este señor y no de otro podría ser una gran noticia para ellos. En estos primeros años, en los que el gobierno Toyotomi publicó diversas leyes y puso en marcha nuevas políticas a todos los niveles, sin embargo, ninguna estuvo relacionada con el cristianismo, ya fuese en contra o a favor del mismo.

Su objetivo siempre fue "conseguir la estabilidad política y social de Japón." Por primera vez legisló al respecto en 1587 tras conquistar Kyūshū, lo que para los jesuitas equivalía a conquistar todo el país. Sorpresa por la prohibición de sus actividades:

Y así, cuando se dice que posteriormente Hideyoshi no implementó el edicto, hay que tener en cuenta que aunque esto es cierto, lo es literalmente, es decir, fue el (663) edicto del día 24 lo que no se implementó –y su incumplimiento por parte de los jesuitas no fue castigado–, pero en ningún caso el memorándum del día 23.

Por otro lado, en este memorándum aparecía el motivo principal del Taikō para desconfiar de los misioneros y de los cristianos en general, pues establecía claramente un paralelismo entre éstos y el desafío que habían supuesto los grupos rebeldes organizados en torno a monasterios budistas. El propio Hideyoshi había combatido a los monjes de Negoro o al Saiga-ikki con la misma determinación de Nobunaga en Hiei o el Hongan-ji, o sea, hasta su completa destrucción; y con ninguno de ellos usó la vía diplomática para conseguir su rendición, como solía hacer con sus enemigos, ni tampoco les perdonó la vida, como también acostumbraba incluso con aquellos a los que había tenido que vencer en el campo de batalla. Todos estos grupos rebeldes ponían en serio peligro ya no el gobierno del Taikō sino todo el sistema samurái, por lo que no podían ser rehabilitados y reinsertados dentro de su misma estructura, como sí podía hacerse con señores regionales enemigos. Suponían por tanto un intento de subversión de la estructura según la que se había ordenado la sociedad japonesa desde la llegada al poder de Minamoto Yoritomo en el año 1185. Y para Hideyoshi la misión cristiana suponía una amenaza completamente equiparable a la de estos grupos, e incluso con un agravante más, pues los jesuitas eran extranjeros, súbditos por tanto de un gobernante de otro país.

Correia expresa esa misma idea (664):

Hideyoshi transmitió un sentido de violencia asociado con la presencia jesuita. Esta violencia no fue atribuible a ninguna acción jesuita específica, sino al hecho de que eran un elemento exógeno para Japón y, por lo tanto, potencialmente dañino para la identidad japonesa. (2018, p. 109)

Si no les combatió inmediatamente como había hecho con los ikki fue por el comercio portugués (citado en el edicto), los budistas rebeldes podían ser eliminados y sustituidos por otro grupo (también budista) que no se inmiscuyera en política, y se dedicara a la religión favoreciendo la estabilidad social. Pero Hideyoshi y los daimyō pensaban que sin misioneros desaparecería el comercio portugués y los beneficios para el gobierno. Incluso después del martirio, Hideyoshi "tuvo mucho cuidado de seguir autorizando a una decena de jesuitas a permanecer en Nagasaki para poder hacerse cargo de los asuntos religiosos de los comerciantes portugueses de la ciudad."

665 La narrativa jesuita atribuye el edicto a un arrebato de furia por la influencia negativa de uno de sus consejeros. Pero el edicto se publicó un día antes de su supuesto enfado en la madrugada del 23 al 24:

"Ya hemos defendido antes que esta teoría carece de toda lógica, sobre todo por el sencillo hecho de que el memorándum se publicó un día antes, por lo que antecede a su supuesto enfado en la madrugada del día 23 al 24, a las preguntas y respuestas que intercambió con el jesuita Gaspar Coelho y a la prueba a la que sometió al daimyō cristiano Takayama Ukon –hemos visto también, por cierto, los motivos por los que eligió precisamente a este señor converso y no a otro. Y ya hemos dicho que fue el memorándum realmente lo que actuó como ley, y no el edicto. Y esta ley –incluso si incluimos también el edicto– no fue en absoluto una medida tan ad hoc como suele presentarse, sino que puede y debe perfectamente englobarse dentro del conjunto de políticas domésticas encaminadas a conseguir la estabilidad social del país, de la misma forma en que se había eliminado toda actividad política por parte de los monasterios budistas o se había requisado el armamento de cualquier tipo a quien no perteneciese a la clase samurái. Porque, además, incluso no llegando a implementar el edicto al no expulsarse de Japón a los misioneros, podríamos afirmar que el conjunto de memorándum y edicto fue muy exitoso en cuanto a sus resultados, ya que Hideyoshi consiguió lo que pretendía con ellos, al frenar la actividad de la misión –especialmente entre las clases altas–, evitar las intromisiones de los jesuitas en la política desde entonces y, sobre todo, no asustar demasiado a los comerciantes portugueses, ahora que su gobierno controlaba este comercio. Por último, tener ese edicto publicado, y claramente incumplido por parte de los jesuitas, le permitió guardarse en la manga un castigo aún mayor que podría utilizar en el momento en que más le interesase, como así acabó haciendo una década más tarde."

666 Hideyoshi se reservó para sí la política exterior. Respecto a la India, la embajada acompañada de Valignano se entiende en el contexto de la relación con Manila. 667 Las cartas a Manila, Taiwán, Corea o las Ryūkyū eran similares:

"En resumen, solía empezar diciendo que había conseguido pacificar Japón, que estaba destinado a reinar sobre todo el mundo –recordemos, la profecía del rayo de sol–, que tal país o tal otro ya le habían rendido pleitesía, y ofrecía entonces al destinatario de la carta hacer lo mismo, amenazando de forma más o menos directa con un ataque militar en caso de negativa. En algunos de estos casos, como las Ryūkyū, Corea en un primer momento, la India portuguesa o la propia Manila, el propio Taikō realmente creyó –hemos visto ya los motivos en cada caso– que se había aceptado esa relación de vasallaje que él había exigido o propuesto."

En el fondo es una repetición de lo que hizo en Japón, ya que también a los daimyō les ofrecía en tono amistoso someterse bajo amenazas. Lo mismo que ante las traiciones su respuesta era la aniquilación total, al interpretar que Corea le traicionó tras haber aceptado ser vasallo, la castigó:

"Así, el caso coreano es excepcional en cuanto a que fue el único en el que se acabó materializando un conflicto bélico, pero no fue en absoluto distinto al resto en cuanto a su planteamiento inicial, pues lo que se pidió a Corea fue exactamente lo mismo que se había pedido al resto."

(668) La excepción es China, que sí era un enemigo a batir. No era improvisación, pues estaba en los planes de Oda Nobunaga e Hideyoshi ya había hablado de ello en 1586 con Gaspar Coelho. Al llegar los europeos la dinastía Ming estaba a punto de cortar sus lazos con un Japón dividido (a cuyo gobierno recriminaba no controlar a los piratas). Hideyoshi no se conformaba con restablecer relaciones de tributo con los Ming sino que decidió invadir y "subvertir así por completo el tradicional modelo regional", fracasó pero supuso un gasto colosal (669) para las maltrechas arcas chinas, lo que contribuyó muy significativamente a la caída definitiva de la dinastía pocas décadas después.

La respuesta de Manila fue similar a la de otros, enviando un religioso como embajador: "el rey de las Ryūkyū había enviado como embajador a un bonzo budista en 1589". Por la intercesión interesada de Harada, Hideyoshi entendió que se le reconocía como superior, como afirmaba en la carta que envió a Taiwán a fines de 1593. Con Manila el resultado fue ambiguo, si es que hubo resultado, ya que no pasó nada, lo que para ambas partes parecía un éxito: Hideyoshi pareció creer haber logrado el vasallaje, formalizado en embajadas tributarias (670):

"no podemos saber a tenor de la documentación sí realmente fue así, o si en cambio fue consciente en realidad de la –tímida y disimulada– negativa castellana pero prefirió mantener esas apariencias para establecer vínculos comerciales con Filipinas –aunque ya hemos visto por las cifras que éste no llegó a ser demasiado significativo. Por el lado castellano, el mismo hecho de que no acabase sucediendo nada constituyó una gran victoria para el gobierno de Manila, porque ya hemos visto que todo su afán fue siempre ganar tiempo sin comprometerse a nada, y evitar o retrasar tanto como fuese posible una eventual conquista japonesa;"

El contacto diplomático fue un éxito para los mendicantes filipinos, pues les permitió trabajar en Japón:

"Además, este contacto diplomático supuso también un éxito para las órdenes mendicantes presentes en el archipiélago filipino –especialmente la de los franciscanos– pues les dio la oportunidad de establecerse en Japón y empezar a trabajar allí, aunque fuese bajo una legalidad como mínimo dudosa. Al hacer esto, además, acabaron con el monopolio del que habían gozado los jesuitas durante más de cuarenta años, lo que supuso un gran problema para esta orden, arruinando su relato y dejando a los misioneros de la Compañía en una posición muy débil."

A los jesuitas, Hideyoshi les dio un toque de atención sin destruirles para no ahuyentar el comercio, "encontramos una situación bastante equiparable en el caso de la misión franciscana." 671 Desde el principio hubo rumores de que los franciscanos iban a predicar, incumpliendo la prohibición establecida en el memorándum de 1587:

"Sabemos también que el propio Hideyoshi respondió a estos rumores e informes afirmando que, de ser así, él se enteraría y castigaría tanto a los que predicaban como a los que oían sus sermones, porque no quería en Japón una ley como la cristiana, que podía hacer que los hombres se uniesen contra él. Así, vemos que de la misma forma en que había pasado al llegar a Kyūshū en 1587, los temores del Taikō respecto al cristianismo residían en su capacidad política, y no en cuestiones meramente religiosas. Esta capacidad política se había agravado, además, con la llegada al país de los franciscanos, pues en Japón se sabía que éstos no eran portugueses sino castellanos, y desde hacía tiempo era conocido tanto el carácter conquistador de este país, como que se valía habitualmente de la ayuda de los misioneros como una especie de quinta columna de sus ejércitos. Ya en el intercambio previo de embajadas, antes de la llegada efectiva de los frailes, una carta del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas había contribuido a fomentar esta idea, pues en ella había incluido una casi interminable lista de títulos y dominios de Felipe II, y cuando Hideyoshi la recibió pidió al embajador, el dominico Juan Cobo, que le mostrase todos esos territorios sobre un globo terráqueo. De la misma forma, en Japón sabían que estos mismos castellanos habían conquistado militarmente Manila y otras zonas de Filipinas y que en esta conquista habían jugado un papel importante los misioneros."

Y eso que Hideyoshi desconocía los proyectos castellanos de conquista de Japón (672) y de China, algunos ideados por misioneros "por lo que esta idea de la quinta columna no sólo no es ninguna locura sino que estaba perfectamente justificada."

"El golpe asestado a la misión franciscana, en ese paralelismo que establecíamos antes con el memorándum y el edicto de 1587, lo encontramos en la ejecución de los frailes franciscanos y sus seguidores diez años más tarde –ya hemos visto que la inclusión en la lista de tres jesuitas fue puramente circunstancial. El motivo oficial para la condena fue precisamente el incumplimiento de la prohibición de predicar el cristianismo que establecía el memorándum, y el asunto de la quinta columna sólo fue utilizado como motivo en la comunicación de la sentencia a los propios ejecutados –como se había hecho ya con el edicto, por otro lado–; seguramente haya que buscar la razón de no incluirlo en la sentencia pública en que dar a conocer este temor a una invasión castellana habría dado ante la población o los daimyō vasallos una imagen de debilidad del gobierno Toyotomi. De todas formas, y pese a que estas ejecuciones supusieron sin duda un gesto contundente, para Hideyoshi no tuvieron el carácter de una medida definitiva y, como había sucedido diez años antes, no fueron más que un toque de atención que únicamente hacía referencia a la predicación del cristianismo en Japón, mientras que, al mismo tiempo, se pretendía mantener las relaciones de amistad –o vasallaje– y comercio, tal y como se expresaba en la carta que el propio Taikō hizo llegar a Filipinas en la primera comunicación que hubo tras las ejecuciones."

(673) Actitud de Hideyoshi ante el contacto con los europeos: se ve en la carta a Valignano tras su visita como embajador del Virrey de India, y que mandó a Manila tras el martirio: los jesuitas incumplieron la prohibición de 1587 y los franciscanos también, y además estos formaban parte de un plan de conquista de Japón del que era consciente antes del incidente del San Felipe. Y juzga en bloque a los europeos:

"A este respecto afirmaba que en Asia había tres religiones que venían a ser la misma con distintos nombres, puesto que lo importante en ellas era que ayudaban a mantener la estabilidad social, lo que nos muestra que para él no era importante el aspecto ideológico o doctrinal de estas religiones. Por otro lado, establecía que la religión cristiana, a diferencia de las asiáticas, era de carácter excluyente e intolerante, pues no sólo no podía (674) funcionar de forma sincrética juntamente con otra de estas tres religiones, como hacían éstas entre ellas, sino que su implantación comportaba necesariamente la destrucción de las otras –la quema de templos y santuarios en feudos de señores conversos respaldaba sin duda esta idea. Por todo ello, concluía que el cristianismo constituía una clara amenaza para la estabilidad social de –en este caso– Japón, y esta estabilidad era precisamente el primer objetivo de las políticas del gobierno de Hideyoshi. Y es por esto que las relaciones con portugueses y castellanos formaron parte inequívocamente del conjunto de estas políticas, con las que encajan perfectamente, quedando claro que no son en absoluto ni medidas ad hoc ni fruto de ese carácter megalómano, caprichoso y senil que promovieron los cronistas jesuitas. De hecho, quedaba muy claro –sobre todo en la misiva enviada a Manila y en referencia a las ejecuciones de Nagasaki– que los motivos que movían al Taikō eran puramente políticos. En esta misma carta llegaba a plantear incluso una hipotética situación en la que religiosos japoneses viajasen hasta los países católicos para predicar allí su propia doctrina, planteando que las autoridades de estos países no habrían reaccionado mucho mejor que él, en un argumento que resulta claramente acertado conociendo la Europa de la época. Finalmente, establecía su deseo de mantener la amistad y el comercio, lo que fue desde el principio el principal interés que Hideyoshi tuvo en este contacto con los europeos."

La misión jesuitica fue exitosa en la primera parte 1543-1587 por la situación interna, es decir, (675) "la desunión y la falta de un gobierno central que controlase todo el país. [] fue en realidad una suerte para la misión católica que Japón se encontrase entonces en una situación de inestabilidad política total, pese a que en su momento Francisco de Xabier viese como una desgracia la inexistencia de un poder central. En realidad, tener que lidiar con una multiplicidad de poderes les permitía –por decirlo así– tener varias apuestas sobre la mesa y, si una de ellas fallaba, no suponía una derrota total, pues si un daimyō resultaba ser contrario al cristianismo, los misioneros sólo tenían que trasladarse a otro territorio y probar allí, pero en ningún caso podían ser expulsados del país. Además de esto, otros factores internos ya comentados ayudaron también a la introducción del cristianismo en Japón, como la existencia de un único idioma en todo el país, la coexistencia de varias religiones con diversas corrientes, e incluso la creencia de que los misioneros venían desde India –lo que, en cierto modo, no dejaba de ser cierto."

(676) Con un único gobierno central, la apuesta era todo o nada:

"Así, el nuevo gobernante podría haber resultado ser un simpatizante del cristianismo, o incluso un cristiano él mismo, o haber visto de alguna forma en esta religión una manera de afianzar su poder, de forma parecida a como había hecho el gobierno imperial casi un milenio antes con la llegada del budismo a Japón. Sin embargo, era mucho más probable que un nuevo hegemón militar viese el cristianismo como una fuente de inestabilidad social, si no directamente como una potencial amenaza. De hecho, el núcleo mismo de la propia estrategia jesuita consistía precisamente en esta misma idea, en la de que los movimientos de abajo a arriba se pueden y suelen percibir como una amenaza, y no son por lo tanto aconsejables." Es lo que hizo Javier al viajar a Kioto para tratar de entrevistarse con el emperador. 677 De haber ido de abajo a arriba, los misioneros habrían tenido dos problemas:

"Del primero nos hemos encontrado ya un ejemplo en este trabajo cuando hablábamos del hospital de Funai, y es que si las clases populares se convertían al cristianismo esta religión era percibida por las elitistas clases altas como algo propio del populacho y, por tanto, la rechazaban. Pero el segundo problema resulta aún más decisivo, porque la conversión del pueblo llano podía ser percibida por el señor de ese territorio como una amenaza y, por tanto, perseguir el cristianismo, por ejemplo, prohibiéndolo en su territorio. Así, la estrategia jesuita –por todo lo que estamos comentando– consistió en trabajar paralelamente en diversos escenarios en los que a su vez se intentaba evangelizar de arriba hacia abajo. []

El sentido descendente de esta estrategia, sin embargo, se convirtió automáticamente en ascendente en el mismo momento en que Hideyoshi conquistó Japón –o, a efectos prácticos, la isla de Kyūshū. Desde su punto de vista, al situarse por encima de los daimyō que hasta entonces habían estado a su mismo nivel, se trataba de un movimiento desde abajo. Y así, a ese movimiento debemos aplicarle las desventajas o problemas que supone (678) aplicar una estrategia de abajo a arriba descritas anteriormente, y muy especialmente el segundo de estos problemas, es decir, que comporta la percepción del cristianismo por parte de quien se encuentra arriba como una amenaza.

Por todo ello, el rechazo de Hideyoshi a la misión cristiana en general no supuso en realidad una reacción inesperada o imprevisible –menos aún, fruto de la locura– sino que, como vemos, encajaba perfectamente con los posibles escenarios con los que contaba la propia estrategia jesuita y por los que se había llevado a cabo de la forma en la que se hizo."

En cuanto al papel de la enemistad entre portugueses y castellanos como causa del fracaso (679), todo dependía de la situación interna de Japón y poco pudieron hacer:

"Las órdenes religiosas y los distintos países implicados han pasado siglos culpándose entre ellos de haber sido la causa de la eventual expulsión de los europeos en general, al haber trasladado sus disputas en Europa a tierras japonesas; pero Japón los expulsó por motivaciones políticas internas, indistintamente de su comportamiento. Y decimos «Japón» porque esta no fue una política exclusiva de Hideyoshi, ya hemos argumentado antes que creemos –aún y concediendo que se trata de una situación contrafactual– que Nobunaga habría hecho lo mismo de haberse presentado la ocasión, y sabemos que los tres primeros Tokugawa aplicaron las mismas medidas que el Taikō, llevándolas además hasta el final, por lo que observamos una especie de coherencia histórica en la respuesta japonesa al contacto con Europa.

Volviendo a la –creemos que equivocada– idea de la desunión ibérica como motivo del fracaso, es fácil suponer que si Portugal y Castilla hubiesen dado una imagen de sólida unidad seguramente habrían supuesto una amenaza potencial aún mayor a ojos de Hideyoshi. Esta imagen de unidad no fue posible, además de porque –como hemos visto– las órdenes patrocinadas por ambos países, e incluso los diferentes gobiernos coloniales, se mostraron reacios a colaborar, también porque Felipe II mantuvo ambos imperios separados. Esto se hizo por cumplir la promesa que había hecho a la corte portuguesa para ser aceptado como rey, pero también porque los asuntos asiáticos nunca fueron importantes para este monarca."

680 Parker sobre los planes de conquista de China o Asia: "no prestó atención a estos desaforados planes procedentes de la periferia de su nuevo imperio –si es que, en todo caso, llegó a enterarse de ellos alguna vez 1148. La cita, como curiosidad pero sin duda muy sintomática, pertenece a una extensísima biografía de cerca de mil cuatrocientas páginas en las que no aparece sin embargo nada de todo lo que se ha hablado aquí, y lo más cercano es una única aparición de López de Legazpi para decir únicamente que envió de regalo a Felipe II un arcabuz de la China 1149 en 1567 –que por la fecha seguramente sería, además, japonés. Esto nos da una idea de que, realmente, los asuntos asiáticos no eran en absoluto ya no prioritarios sino ni siquiera significativos para la corte castellana, y de ahí la desesperación del gobierno de Manila, permanentemente reclamando el envío de más dinero y más tropas, aterrorizados con la idea de una invasión japonesa." (1148 Parker 2013, p. 731; 1149 Ibíd. p. 427)

"Finalmente, si bien hemos defendido anteriormente que la llegada de las armas de fuego tuvo un impacto significativo en el escenario japonés, acelerando el proceso de unificación, no creemos que en el caso del cristianismo pueda en absoluto hablarse de un impacto equivalente. No hemos querido aquí ofrecer muchas cifras al respecto del número de conversiones, pero es bastante común decir que en su momento máximo, en torno a 1597-1600, se llegó a las trescientas mil. También está bastante aceptado que esta cifra estaba seguramente bastante inflada por los cronistas jesuitas pero, incluso si la diésemos por buena, lo que sí hemos visto a lo largo de este trabajo es que la gran mayoría de estos bautismos obedecieron a conversiones forzosas decretadas por diversos (681) daimyō que, a su vez, se habían hecho cristianos por intereses puramente económicos. Obviamente, habría casos también tanto de conversiones por motivos de fe como de conversos forzosos que después, al recibir doctrina cristiana, se sintiesen sincera y genuinamente cristianos, pero, cuando hablamos de feudos de unas decenas de miles de súbditos que del día a la mañana pasaban a ser oficialmente cristianos, estos casos auténticos quedan por comparación realmente empequeñecidos. Así, creemos que resulta completamente inapropiado utilizar expresiones tan utilizadas en la academia occidental como las del “siglo cristiano de Japón” o “siglo ibérico de Japón”, cuando hemos podido ver como en las crónicas oficiales de figuras como Nobunaga o Hideyoshi el tema del contacto con los portugueses y los castellanos apenas aparecía nombrado. En Japón, el siglo que va de mediados del XVI a mediados del XVII fue el siglo del final de las guerras y el restablecimiento de un gobierno central."