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Los U-Boote en la primera
guerra mundial
Aunque aquí
nos refiramos a la segunda guerra mundial, para comprender la historia
del arma submarina (U-Bootswaffe) es preciso referirse escuetamente
a su antecesora en la primera guerra mundial. Alemania fue la última
"potencia" que incorporó los submarinos a su armada,
al adquirir uno en 1906. También fue la última en
adoptar motores diesel (1910), y al comenzar la primera guerra mundial
era la quinta potencia submarina, detrás de Gran Bretaña,
Francia, Rusia y los Estados Unidos. Hasta el 18 de febrero de 1915,
los submarinos alemanes habían hundido sólo 10 mercantes
aliados. A partir de esa fecha, como medida de presión para
levantar el bloqueo impuesto a Alemania, su emperador decreta la
"guerra total" submarina
contra Gran Bretaña: en adelante, los U-Boote no se ajustarán
a las reglas del "derecho de presa". Este derecho, introducido
en la Convención de la Haya en 1907, señalaba que
las tripulaciones de los barcos mercantes y de pasajeros no eran
combatientes, y por tanto no podían ser abandonadas a su
suerte: antes de hundir un barco, los submarinistas debían
poner a salvo a los civiles. Tras denunciar este derecho, los alemanes
comenzaron a hundir barcos "sin previo aviso".
El 7 de mayo de 1915 tuvo lugar el hundimiento del Lusitania
(1.198 muertos, 128 de ellos
norteamericanos), tras el cual los Estados Unidos amenazaron con
entrar en la guerra (pero no entraron), por lo que en septiembre
el Kaiser volvió a ajustarse a las reglas de derecho de presa.
Tras otro periodo de "guerra total" entre febrero y abril
de 1916, el emperador volvió a desentenderse definitivamente
del derecho de presa en febrero de 1917. A partir de entonces, los
barcos de superficie alemanes tuvieron como misión principal
la de apoyar a los submarinos. Frente a los temores del canciller
Bethmann-Hollweg, que veía en la entrada de los EE.UU. en
la guerra el finis Germaniae, se impusieron las tesis del político
liberal-nacionalista Gustav Stresemann, según las cuales,
ni el pueblo norteamericano estaba dispuesto a entrar en la guerra,
ni una intervención norteamericana podría evitar que
la guerra submarina ilimitada obligara a los ingleses a rendirse
(esta tesis la tomó del Instituto de Economía Mundial
de Kiel, Kieler Institut für Weltwirtschaft). Precisamente
el jefe de la Armada, almirante Henning von Holtzendorff, al hacer
suyas estas tesis, en una reunión a la que asistía
el canciller Bethmann-Hollweg (31 de agosto de 1916), afirmaba que
"si renunciásemos a usar el arma submarina, tendríamos
motivos para creer que habría llegado el finis Germaniae".
En febrero de 1917, los U-Boote hundieron 536.000 TRB, en marzo
603.000 y en abril una cifra récord (no superada durante
la segunda guerra mundial) de 881.000 TRB: en ese mes, sobre una
flota de 128 U-Boote disponibles, de hecho se encontraban patrullando
los mares, como promedio, 50. Los Estados Unidos rompieron relaciones
diplomáticas con Alemania el 3 de febrero y entraron en la
guerra el 6 de abril, enviando al almirante William Sims como oficial
de enlace con el Almirantazgo británico. Sir John Jellicoe,
primer Lord del Almirantazgo,
le dijo que, si no se frenaba los hundimientos, los alemanes ganarían
la guerra. A fines de abril, proponía a su gobierno abandonar
la lucha en Macedonia, emplear todos los barcos disponibles para
la importación, y reducir ésta a lo imprescindible.
Aún así, opinaba Jellicoe, necesitarían que
los EE.UU. les apoyaran "con todas sus fuerzas". Entre
las medidas de guerra antisubmarina (Antisbumarine Warfare, ASW)
surgidas durante la primera guerra mundial, cabe destacar las destinadas
a localizar los U-Boote.
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